Sala de exposiciones de la UNED, Barbastro. 1999
Y qué hay de esa discreta estética encantada, helada y peregrina, de las habitaciones clausuradas que encontramos al curiosear por los pasillos de casas de campo somnolientas, pensiones portuguesas, teatros pueblerinos, palacetes devorados por su propio jardín enmarañado, pisos burgueses ennegrecidos por chimeneas defectuosas y otras construcciones improbables? En esta habitación murió un niño, hace muchos años, consumido por unas fiebres, y desde entonces no se han vuelto a abrir al sol las ventanas cegadas, ni a deshacer las sábanas de la pulcra camita ni dar cuerda a sus juguetes preferidos. «Un ángel más en el cielo, decían todos… Ahora tendría tu edad». En aquella otra del piso alto pasó recluido la mitad de su vida el pariente enajenado que inventaba fiestas las noches de invierno, haciendo sonar una gramola quejumbrosa, arrastrando las sillas por el piso, imitando con un chasquido de su lengua el descorche de un champagne imaginario, y que ahora duerme una fatal cuarentena inmobiliaria hecha de silencio y goteras. «Cuarenta años sin cortarse las uñas. Aún están todas sus cosas ahí arriba, tal como las dejó… Un día de estos habrá que llamar al trapero». ¿Y esa villa pomposa y siniestra, edificada por un indiano acaudalado que hizo fortuna en Venezuela, espiada con temor reverencial, de camino a la playa, a través de los desordenados macizos de adelfas y laureles? «La criada no oyó nada. Los encontraron abrazados al pie de la escalera. Dicen que les arrancaron el corazón… Las joyas nunca aparecieron».
Emili Manzano