Nada es más profundo que la piel

Basta con empezar a mirar desde el botón,
el doble seis, o nuestros propios huesos para
empezar a entender que debajo de todo,
en las profundidades de nuestro ser, es donde
crece la piel.

Grassa Toro

No hay nada más profundo que la piel. El poema de Paul Válery, oracular y profético abre perspectivas que se independizan de su autor para demostrar lo que el vate sabía: que la epidermis incierta del tiempo en la que se inscriben todas las narrativas, habita en cada uno de nosotros, aunque solo los buenos poetas saben decirlo, contarlo, enseñarlo…

La piel es un conector. Un conducto de emociones
en el que se graban todas las historias que nos vinculan
con «los otros» y con «lo otro».

Con los demás irá tejiendo ese hilo de figuras tan reales como fantasmagóricas que nunca sabremos bien si son parte o diferencia de aquella primera figura epidérmica que nos acogió antes de que mediara la palabra, antes de que supiéramos encausar los deseos, antes del temor a los miedos y los vértigos: la figura de la madre. Esa figura que representa, contiene, inaugura como sujeto y como rol, la invención de un origen, el punto de partida de un transitar siempre abierto a lo imprevisible, a lo porvenir, a lo inaudito que es toda biografía, siempre por hacer, antes de que acabe la vida. Y los otros, radicalmente otros, esos con los que tejemos la trama de quienes somos, con quienes fantaseamos lo que hubiéramos querido ser y no fuimos, los que abren atajos inesperados a placeres o desventuras que son siempre fundacionales para iniciar, acompañar, disfrutar, padecer, concluir historias. Sin esos otros, no somos. Son ellos quienes sostienen la posibilidad de que seamos, la probabilidad de ser únicos y a la vez iguales, la improbable eventualidad de hacernos, de verdad, humanos.

Cristina Santamarina

El que ve dentro de sí como en un universo inmenso y lleva dentro vías lácteas, sabe también cuán irregulares son las vías, conducen al caos y al laberinto de la existencia.

Friedrich Nietzsche